ALCOHOL Y TANGO
Por Carlos Grillo

Según los textos especializados, el alcohol contenido en los diferentes tipos de bebidas y administrado en prudentes dosis, es un desinhibidor de la psiquis.
Traducido lo precedente a un lenguaje más accesible, representa algo así como la mágica llave capaz de abrir determinados cautiverios interiores, donde muchos sentimientos se hallan reprimidos, entre otras cosas, por la nociva cultura del prejuicio. Pero más allá del rigor científico, es indiscutible que el Hombre y el alcohol "cultivan una longeva amistad", cuyos garantes son, nada más ni nada menos, que los propios misterios de la vida.
Cuando el Hombre, sacudido por los sofocantes vientos de la tristeza, recurre al auxilio de un trago con la quimérica pretensión de encontrar en él a un confesor discreto y solidario, pareciera íntimamente intuir que se encuentra en los umbrales del refugio, donde su dolor no rendirá examen y menos ha de deslizarse por el rústico tamiz de las disecciones.
Profundizando la valentía de los sentimientos ante el titánico "oficio" de vivir, se puede llegar a comprender, sino totalmente, al menos en parte, que el alcohol se integra al Hombre no para anestesiarle sus heridas del alma, sino para asumirse como el incondicional aliado que libera la magia de sus vapores, con el fin de ayudarlo a hacerse amigo de una pena o amansar la furia del odio, cuando ambos más se empecinan en clausurarle todos los caminos de los razonamientos.
Siempre los Poetas, divisaron en el radar de sus percepciones los "frentes de tormenta" que sacuden al alma, cuando los sentimientos caminan por los oscuros desfiladeros de las pasiones.
Ellos, los Poetas, siempre percibieron esa complicidad, a veces fatalmente suicida, que muchos Hombres tuvieron y tienen con el alcohol, cuando se hunden en la ciénaga de la bronca, cuando el látigo de una traición les hace sentir su impiedad o cuando una mujer, luego de pasearlos por todos los abismos de sus encantos, los arroja a las injustas arenas del abandono. No por casualidad, la poesía imaginó una lágrima de ron... (Cátulo Castillo, La última curda)
Todos los dramas padecidos por la condición humana que jugaron al alcohol sus últimas fichas, encontraron en el tango sus más bellas, ácidas y agudas descripciones. Dice el Poeta;

"...Todos los que son borrachos
no es por el gusto de serlo,
sólo Dios conoce el alma
que palpita en cada ebrio.."

(Raúl Costa Olivieri y Miguel Cafré, Tabernero)

Bastan estas imágenes para afianzar la convicción de que el alcohol nunca fue un simple pasatiempo ni una peligrosa debilidad en la vida de todo Hombre. Es mucho
más que eso. Y perdurará bajo a las sombras de los enigmas, aunque el frío convencionalismo lo encasille bajo la patología de una enfermedad, obviando decir que muy poco se conoce sobre las vulnerabilidades más íntimas de la condición humana
Los poetas que escribieron tango fueron los que comprendieron esta realidad, no tanto por una intelectualización muy profunda, sino porque la alquimia de la que esta hecha el tango, los llevó a percibir que los dramas del Hombre en soledad frente a una copa, no tienen más que dos destinos: se alumbran con las luces de las esperanzas o se oscurecen con las sombras de las agonías.
Una innumerable cantidad de tangos habla de los dramas del Hombre y de su escudero: el alcohol. Y los poetas como intérpretes del papel que juegan ambos, abordaron esos dramas hasta alcanzar a reflejarlos en su más patética dimensión.
Es decir, reflejarlos sin lo grotesco del maquillaje y menos con la hipocresía oculta en toda falsa piedad. Simplemente lo mostraron como los dramas exigen ser mostrados: Valiente y descarnadamente, porque la vida no consiente ambigüedades, a la hora en que el destino empieza a desempolvar el inevitable balance.

"...Me emborrachó de placer,
una mujer que fue mi vida.
Y hoy que la siento perdida
se agranda mi herida
que nunca la olvida
ni con alcohol.

(Francisco Amor, Frente a una copa)

Quizá respaldado más por las sensaciones del alma que por las tesis científicas, sigue vigente la creencia (y en el tango es donde encuentra su mayor exaltación) de que el alcohol, más allá de sus propiedades medicinales, actúa sobre ese controvertido sentimiento, muchas veces poderoso y otras mendicante, que es olvido. La desesperación de muchos Hombres por olvidar, por sacudir de sus almas la insostenible cruz de un recuerdo, pareciera haber encontrado en el alcohol un reaseguro que no parecen brindarle la ilusión, la esperanza, los credos y mucho
menos la razón. Y de la idoneidad de ese reaseguro, sólo pueden dar testimonio los silenciosos ecos del sentimiento. Por eso el tango ilumina persistentemente el proscenio, donde la obstinación del olvido le demanda al alcohol, algo así como si fuera el último favor.

"...No ves que vengo de un país,
que está de olvido siempre gris,
tras el alcohol..."

(Cátulo Castillo, La última curda)

"...Quiero emborrachar mi corazón,
para apagar un loco amor.
que más que amor es sufrir..."

"...Si las copas traen consuelo,
aquí estoy con mis desvelos,
para ahogarlos de un vez.

"...Quiero por los dos mi copa alzar,
para olvidar mi obstinación
y más la vuelvo a recordar..."

(Enrique D. Cadicamo, Nostalgias)

De esta forma - y a través de los heterogéneos mosaicos donde están estampados los difusos colores de la cotidianidad, el Tango y el Alcohol encontraron una realimentación casi impensada, una simbiosis tan extraña como pasional. Porque tiene su epicentro en uno de los más calificados vértices del alma del Hombre.
En el vértice donde confluyen paradójicamente sus primarias debilidades y las más altas manifestaciones del amor. Y el tango a través de su poesía, supo reflejarla quizá sin una exquisita intelectualidad, pero diciendo con la voz de su corazón:

"...¡¡Ya sé que me hace daño!!.
¡¡yo sé que te lastimo!!,
llorando mi sermón de vino.
Pero es el viejo amor
que tiembla bandoneón
y busca en el licor que aturda,
la curda que al final termine la función,
corriéndole un telón al corazón.

(Cátulo Castillo, La última curda)

El tango por su universalidad no es parcial, salvo cuando se trata de defender los sentimientos de su Pueblo, la exclusiva geografía de Buenos Aires, la policromía de sus esquinas, o mostrar el rostro de sus noches donde la caricia de la luna y los afeites de la mendicidad le dibujan, al mismo tiempo, la tersura de una rosa y la marca de una cicatriz. Y porque el tango no lo es, el alcohol, dentro de los perímetros de su pentagrama no lo traicionaría jamás. Si bien sobre él mayoritariamente han pivoteado las heridas que hieren al alma con su infaltable carga de dramaticidad, también fue aliado de grandes momentos en los cuales hicieron nido sobre los pliegues más íntimos del corazón, el placer, la alegría, la ilusión y la esperanza. Ex profeso, queda para el final, este himno de amor que el tango reflejara con sus más brillantes colores y donde el alcohol inflama, sin duda ninguna, al sentimiento más puro de la vida: La Amistad.

"...Amigos
que yo quiero,
escuchen este tango
que lleva entre sus notas,
un apretón de manos.
Fue escrito con el alma,
pensando en la amistad,
con lágrimas lo canto
por los que ya no están.
Alcemos nuestras copas
aquí, en el viejo bar,
que mientras haya amigos,
dan ganas de cantar..."

(Hugo Gutiérrez, Amigos que yo quiero)

RAUL MAMONE
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