LA INTIMIDAD DE LOS CONVENTILLOS

Los conventillos porteños eran morada obligatoria de la mayoría de los inmigrantes. Estos inquilinatos presentaban un cuadro animado tanto en los patios como en los corredores, en ellos todo se confundía: edades, nacionalidades, sexos...

Patios húmedos por donde se desparramaba su población, corredores estrechos con infinidad de puertas abiertas que dejaban ver los cuartos sucios, llenos de catres y baúles, con los periódicos de caricaturas pegados a la pared y ese peculiar desorden de la habitación donde dormían cuatro o seis personas y en la que era necesario darle una ubicación a todo lo que se poseía. Delante de las puertas hervían las ollas de hierro con la cabeza de cerdo o la negra carnaza del puchero, o saltaba la grasa al freír las sobras del mercado.

Los chicos, por su parte, correteaban con insolencia metiéndose por todas las piezas. Unos contentos y otros tristes, algunos pidiendo comer y otros gritando que los soltaran de las ataduras que los aprisionaban al pie de una cama.

La ropa se tendía en cuerdas que cruzaban el patio, suspendidas por cañas en el centro. Lo más común era encontrar sábanas, pañales, camisas plomizadas y algunas fundas de colchón. Ese mismo patio era el escenario de los continuos conflictos entre el porteño y el español, el italiano y el francés. Cuando los hombres discutían, comenzaba la gritería de las mujeres que solo se detenía con la llegada de la policía, que se llevaba a todo el mundo para la seccional.

Formaban la "sociedad" del patio del conventillo: changadores y familias de carreros, lavanderas y vendedores ambulantes, organistas napolitanos y pobre gente empleada. En el piso alto vivía la "aristocracia": costureras de ropa común, empleados de tranvías y ferrocarriles cesantes sin ubicación, zapateros cargados de hijos, peones de registros y almacenes, carreros, artesanos y mujeres solas que buscaban compañías fugaces. En ese mismo piso también se encontraban los braseros, donde se ponían las planchas a templar o los pucheros con la comida.

Así iba transcurriendo la vida en el patio del conventillo, mientras unos lloraban otros reían, mientras aquel protestaba éste cantaba, mientras algunos trabajaban otros tantos dormían por los efectos del alcohol. Cada habitante iba viviendo su propia historia y cargando con sus particulares dramas, con sus diferentes ambiciones y privaciones, con sus virtudes y defectos.

Fuente: Instituto de Investigaciones del Tango, Documentos e Investigaciones sobre la Historia del Tango, Ed. Docencia, Buenos Aires, 1997.

RAUL MAMONE
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